jueves

Despegar de nuevo

Siempre que viajo a algún lugar adquiero una forma fragilísima de belleza. Por algunas horas, días, me transformo en algo singular, vivo intensamente, descubro extraños sentimientos que no sospechaba pudiera tener y camino como dichosa, libre, limpia. En los aeropuertos en los que he esperado he vivido horas melancólicamente ricas. He visto personas que se sumergían en largas noches de viaje llevando en su sangre la pureza que dan las distancias y los adioses. Personas en las que nadie se fijaría aunque hiciera frente a ellas un largo viaje, y sin embargo acaban de romper, precisamente al emprenderlo, el corazón de otra persona. Y también he visto llegadas, regresos llenos de abrazos y regresos solitarios en los que nadie estaba esperando.
Pero si algo me gusta realmente de los viajes es que me instruyen, me enriquecen, me hacen comprender realidades ajenas, miserias semejantes a las mías, anhelos. Me hacen romper fronteras, ser un poco menos ignorante y aprender de todo lo que me rodea. Creo que de mis viajes es de lo que más he aprendido siempre… la vida instruye, lo quieras o no.

Hacía tanto que no volaba… y de no ser por aquella noche, creo que quizá nunca hubiera vuelto a deplegar mis alas rumbo a cualquier parte…
París…la ciudad de la luz, la ciudad del amor… ¡Qué emoción descubrirla! sobre todo, por las circunstancias tan diferentes en las que viajo esta vez… En unas horas despego. Cuidadme las palabras, y las historias. Cuidaos vosotros. Pasadlo tan bien como pienso pasarlo yo. ¡Nos vemos a la vuelta!