Desde pequeñita, el único hombre al que admiro en el mundo, me enseñó a luchar hasta el final por las cosas en las que creía. Con lágrimas en los ojos me vió alejarme con aquello que juré combatir, me dejó extraviarme por los caminos de este planeta para que yo verdaderamente comprendiera la fidelidad a los valores y el esfuerzo que suponía el estar preparada para el mundo, para los cambios. Nunca me ofreció más palabras de las estrictamente necesarias, ni insistió en mis éxitos futuros. Pero a él le debo la vida que tengo hoy.
Recuerdo que ese hombre me construyó con sus propias manos mi primera bicicleta y me enseñó a mantener el equilibrio sobre dos ruedas tan sólo rozando mi espalda con uno de sus dedos. Era todo lo que necesitaba para no caerme. Medio conseguido el equilibrio me estrellé muchas veces yo sola, un adelanto de lo que luego sería mi vida.
Hoy, casi 15 años después, hemos cogido de nuevo juntos la bicicleta para volver a entrenar. Una grata sorpresa descubrir que aquel héroe de mi infancia al que hoy le duelen las rodillas, las muñecas, la espalda… aún dirige, en cierta medida, mi equilibrio con su dedo, aunque… en realidad no creo que nunca llegara a quitarlo. Sino, ¿cómo explicas que todo vaya siempre sobre ruedas cuando está él?
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