No me gusta sentir que no soy libre… y digo “sentirme”, y no “ser”. Es como si un velo negro cubriera mi rostro, oscuro, casi traslúcido, pero un filtro que me emborrona la realidad.
Dicen que hubo un tiempo en el que los hombres conquistaban a las mujeres con versos y lograban enamorarlas para siempre con tan sólo palabras. Eran capaces de embarcarse en batallas de las que podía que jamás regresaran con tal de conseguir a cambio una mirada. Y si, por algún motivo, no conseguían la deseada conquista, sabían retirarse a tiempo. Pero eso debió ser ciertamente en un tiempo muy lejano porque hace poco yo conocí a un hombre que me hizo avergonzarme de mis palabras y de mis actos simplemente por no querer cubrirme con ese velo negro cada día. La libertad tiene un precio muy alto y las consecuencias han sido poco menos que devastadoras. Osé desafiarle con mis letras y se deshizo el encanto de los cuentos caballerescos.
Todavía hoy llevo el alma en cabestrillo y arrastro una vida embalada en cajas de cartón a la que ni siquiera soy capaz de mirar de frente. Pero supongo que prefiero ver mi dignidad y mi inocencia mutiladas a tener que cerrar los ojos mientras intento sobrevivir sabiendo que la libertad siempre estará al otro lado del velo.
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