En la vida, todos, absolutamente todos, cometemos errores. Y nuestros errores dicen mucho de nosotros mismos. A veces estos errores tienen consecuencias irreparables. Otras veces son fin y principio de muchas historias dolorosas. Y en la mayoría de las ocasiones reconocer y enmendar un error no suele ser suficiente, porque no aligera la pesada carga del que se siente culpable, ni tampoco recompone a la parte ofendida. Ni el tiempo ni el olvido logran borrar del todo la sombra de la desconfianza, ese miedo a que vuelva a ocurrir. Precisamente por eso, conviene no ser excesivamente severo a ese respecto, ni con uno mismo, ni con los demás.
Los errores pesan. Mucho. Es verdad. Pero llevarlos encima no cambiará el pasado. Entonces, por qué no probar a enterrarlos hondo, muy hondo, como si de un residuo nuclear se tratase. Sabemos que está ahí abajo, y que es peligroso. Incluso pudiera estar aún activo. Pero si se remueve sólo conseguiremos que explote y nos haga saltar por lo aires. Quizá si lo dejamos estar y seguimos adelante sin mirar atrás, termine por convertirse en un estupendo abono para las nuevas plantas que han de crecer poco a poco; un vestigio del pasado que termina siendo inofensivo, e incluso despierta el asombro el día en que vuelve a ver la luz.
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