Me dí cuenta al día siguiente al despertar que la otra noche descubrí a un poeta. Uno de esos que habla Latín y piensa que su vida es absolutamente miserable y no le pertenece. Pero sin embargo empeña su vida en rescatar vida ajenas, quizá muchísimo más miserables. Su tiempo es realmente escaso y a veces intenta hacerle trampas en medio de su caos y de la rápidez con la que ocurren las cosas. Y eso le hace sentirse perdido, o como él dice, desorientado.
Pero estoy segura de que sólo se siente perdido en noches sin luna, como la de ayer, en las que absolutamente nada en la bóveda celeste le ilumina un poquito para hacerle ver que su mayor enemigo es él mismo, y que sólo necesita tiempo – precisamente lo que no tiene – para redescubrir su interior y la excelente persona que lleva dentro.
Como todos los poetas es capaz de emocionarse fácilmente, lo que le convierte, de alguna manera, en alguién delicado y frágil. Quizá también sea capaz de cometer las mayores locuras del mundo sin pestañear. Quizá, quien sabe. Los poetas son así…están llenos de contradicciones, de dudas, de incertidumbres…su vida es un nudo y su alma también. Le gusta cerrar los ojos, preciosos por cierto, y seguir con la mirada las motitas de polvo que quedan dentro, intentando no pensar más allá de ahora mismo, hasta que algo atrae su atención y se despista. Y entonces vuelve a descolocarlo todo, como los niños, intentando encontrar respuestas a preguntas que no tiene.
Ya que la vida le ha arrebatado hace muy poco uno de sus mayores puntos de referencia, deseo que pronto encuentre otras pupilas bonitas en las que reflejarse para calmar así ese dolor tan oculto como secreto y tan profundo como perpetuo, inherente a todos los poetas…precisamente lo que les proporciona esa brutal genialidad.